El proceso de BOLONIA. La opinión de un inexperto.

navasfrias lecho rio peque

Me gustaría aportar una pequeña reflexión sobre lo que conocemos como proceso de Bolonia, siempre desde el punto de vista de un profesor más preocupado por las actividades formativas cotidianas y habituales que por los grandes temas políticos.

De todo lo que me han contado sobre Bolonia me he quedado con tres puntos: uno político, otro de medición y otro de recomendación.

Desde el punto de vista político.

Bolonia representa un criterio de convergencia y homogeneización con Europa; por tanto nada que objetar, creo que es necesario y es el camino que debemos avanzar. Algunas cuestiones como la duración de las nuevas titulaciones; los títulos (grado, master,…) y el enfoque basado en competencias de las nuevas titulaciones están definidos en esa política de convergencia; no obstante, hay algunas decisiones (o presuntas decisiones) que a quien escribe le cuesta entender:

 Se habla de enfoque basado en competencias; y sin embargo, hay algunas titulaciones como la informática que no se le asocian competencias; para explicarlo brevemente es como si un arquitecto una vez finalizada la formación universitaria no tuviese competencias para “firmar” una obra.

 Soy informático y les garantizo que hay programas que por su complejidad, confidencialidad de datos o impacto en decisiones estratégicas para las personas, necesitan “una firma” de un profesional que garantice el correcto funcionamiento del mismo. En teoría, el profesional más preparado para realizar esa labor es un ingeniero (o licenciado) en informática. En unos momentos que nuestra sociedad cada vez depende más y más de los programas informáticos, no se entiende que precisamente la titulación de informática carezca de competencias, y se entendería aún menos que esas competencias se las diesen a otros profesionales distintos a los informáticos.

 Conseguir este punto es un tema totalmente político, como oí decir en una ocasión a un responsable del anterior Ministerio de Educación: “Esto se soluciona con un decreto”.

Desde el punto de vista de medición.

 Un gran logro.  Hasta ahora la forma de medir la carga de un alumno era por las horas de clase que impartía el profesorado (bien teóricas o bien prácticas). Este criterio no refleja (no mide) la carga real ni del profesorado ni del alumnado.

 Pero centrémonos en el alumnado; una asignatura con una carga de 50 horas lectivas podía suponer para el alumno 100, si en esa asignatura se hacían trabajos, laboratorios o prácticas. De esta forma se podía dar la circunstancia que para realizar un curso, un alumno tuviese que emplear 11 horas diarias sin contar el tiempo que dedica al estudio.

 Evidentemente este criterio de medición no mide la carga real; el nuevo modelo trata de medir la inversión del tiempo real que necesitaría un alumno para realizar la formación; el tiempo es similar a la de una jornada de trabajo.

 Así pues, bienvenido el nuevo sistema de medición, más justo para el alumno y que garantizará que la carga sea realista y justa.

 Conseguir este punto es un tema de planificación, en las nuevas planificaciones se incluye el nuevo modelo de medición; ya se han realizado multitud de experiencias y se tienen “unas tablas” que ayudan a transformar el modelo de medición antiguo al nuevo.

Desde el punto de vista de la recomendación.

 Este punto se refiere a las transformaciones en las metodologías docentes; actualmente tienen un enfoque más basado en la docencia (centrado en la exposición del profesor y en la adaptación del alumnado a esa exposición); las recomendaciones instan al profesorado a dar más peso a los enfoques basados en el aprendizaje o en el alumno (adaptar los procesos de formación, en la medida de lo posible, al alumno).

 También se incluye la formación en competencias horizontales (auto-aprendizaje, métodos cooperativos, búsqueda de información,…..) como verticales (características de cada asignatura y titulación).

 Observen que de nuevo aparece la palabra competencias; evidentemente para formar en competencias necesitamos adaptar y renovar las metodologías docentes, y es en este punto donde más dudas tengo.

 Por un lado, y por ley, se formulan las titulaciones y asignaturas en competencias, se insta a formar en competencias. El instrumento para conseguir la formación en competencias es la renovación metodológica; sin embargo, esa renovación metodológica es una recomendación que se da al profesorado.

 Es fácil deducir que se tendrá una doble velocidad, la formulación en un papel de la asignatura basada en competencias (que será rápida) y la formación real en competencias (que será lenta y según parece voluntaria).

El profesorado “de a pie” somos los que estamos en contacto con los alumnos, somos los que tenemos la responsabilidad final de formar en competencias; por tanto el proceso de Bolonia no puede dejar toda la responsabilidad final en el profesorado, y además que éste actúe de forma voluntaria y en muchos casos sin saber cómo se hace.

Es absurdo que unos trabajadores de la formación (profesorado), que llevan toda la vida haciendo sus tareas de una forma concreta se les pida que lo hagan de otra; que lo hagan sin estar preparados para ello (y lo que es más importante, que si lo hacen no se les valorará profesionalmente). Lo mismo pasa con los alumnos, que también son trabajadores de la formación, que también llevan toda la vida haciendo sus tareas de una forma concreta, aunque como una vez me dijo un alumno que estaba en último curso cuando le trataba de explicar las nuevas metodologías docentes que utilizaríamos:

 “Mire usted, yo lo que quiero es acabar la carrera, ya estoy harto de estar aquí. Así que si usted me pide que baile una jota para aprobar, pues la bailo”.

Las famosas “Competencias” del proceso de Bolonia son como la bella y la bestia, como el Dr. Jeckyl y Mr Hyde,  la cara y la cruz. Bolonia es muy importante, no podemos permitir que el éxito dependa de cómo caiga una moneda. Centrémonos en las competencias.



Categorías:Barreras Innovación, metodologías educativas

9 respuestas

  1. Salu2 Ángel…y qué piensas de la evaluación del profesor con el plan Bolonia…lo que he leído no me ha gustado nada. ¿La evaluación del profesor no debería ser de los alumnos exclusivamente? Me preocupa mucho el componente de la evaluación de los colegas de departamento…a juzgar por cómo se cuecen las habas en los departamentos de las universidades españolas, esto me parece un grave instrumento para muchas cosas…

    Y la desaparición de la beca por la beca-préstamo?

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  2. Hola Elena:

    La evaluación siempre es buena, si se hace con garantias. Supongo que haya instrumentos para comprobar y cruzar distintos tipos de evaluaciones; por jemeplo si la de los alumnos es buena y la de los colegas del departamento mala, saltaría alguna alarma.

    En caso contrario, lo que dices: ¡La que se puede liar!

    Feliz Navidad

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  3. Como siempre, Ángel, el dedo en la llaga.

    Me preocupa, como a ti, la implementación práctica del proceso, que por supuesto recae en el profesorado, y, en el alumnado. Y si no hay transmisión de ilusión y vocación de servicio por parte de nosotros, poca acogida habrá por parte del alumnado …

    Así que, como un inexperto más, si nosotros como “mohicanos” no echamos el hombro, poco o nada habrá de impulso en la implementación. Y el éxito real del proceso estará en el gran impulso que se dé a nivel operativo en cada asignatura, no en que unos planes de estudio sean mejores o peores, más o menos innovadores, etc. Así que, necesitamos con urgencia pioneros, colegas con ganas de enfrentarse al reto que nos viene a todos. Unos ya intuyen los que no viene encima, otros ni se lo imaginan, y tampoco les va a preocupar porque aplicarán el lema del esfuerzo mínimo y aparente. Pero bueno …, me quedo con los que deseen afrontar el reto con ilusión y servicio, que tampoco es cuestión de “subir la montaña” en el primer intento.

    Y, respecto a competencias, vale la pena recordar que no es lo mismo capacidades que competencias. Leed a José Fernández Tejada, en la revista Herramientas, (1999) sobre las competencias profesionales.

    Salu2, y estamos en contacto!

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  4. Y, volviendo a la pregunta de Elena y la respuesta de Ángel, tras releer con calma el documento enlazado arriba, yo creo que en la evaluación del profesorado se deberían aplicar instrumentos que permitieran cribar y puntuar a los profesores capaces de los competentes, entendiéndose como mejor valoración a los competentes que a los capacitados “al mínimo”.

    Me explico. Cualquiera de nosotros se ha topado en la vida, y volverán a aparecer siempre, profesionales (médicos de familia, etc) que pierden la ilusión y la vocación de servicio en su profesión, en su práctica diaria. Y cuando se trata de profesionales de cara al público, cualquier persona, del nivel cultural que sea, etc, sabe distinguir y reconocer la valía de los profesionales competentes de los no-competentes (solamente capacitados por el “sistema”, pero que no demuestran diariamente su vocación inicial, si la hubo). ¿Por qué no evaluar asi al profesional docente?

    Para acabar, y citando algo del documento anterior: “Esencialmente, la competencia es la relación existente entre lo interno de la persona y lo externo. Es decir, el mismo proceso de adquisición y de mostración de la capacidad, reconocida públicamente, así como la aceptación individual (competente) como miembro de una comunidad, se torna o transforma a su vez en una incremento efectivo de capacidad para posteriores incrementos o nuevas competencias”. Dicho de otra forma, un profesional que deja de ser reflexivo sobre su praxis, y no actúa en consecuencia, aunque se produzcan éxitos y fracasos, deja de ser competente.

    Por tanto, ante el dilema que plantea Elena, ¿merecen ser evaluados por igual un catedrático que poco ha innovado a nivel docente en los últimos años, que un profesor ayudante que no para de innovar a nivel docente desde que se incorporó laboralmente, aunque siga en precario, a la universidad? Muchos dirán que no, porque se ha de tener en cuenta el historial docente, investigador y de gestión universitaria. Pero, ¿se han de ponderar equitativamente? Difícil dilema, pero en última instancia, quien debería tener la última palabra debería ser la sociedad, aunque suene a perogrullada, puesto a la que debemos siempre de rendir cuentas. ¿Y cómo entonces se hace esto? ¿con reconocimientos en la jubilación, o póstumos?

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  5. con tal de aprobar, lo que sea, creo que todos buscábamos eso cuando estudiábamos, ¿no?

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    • Creo que el proceso clave en lo que respecta a la evaluación está en establecer unos indicadores que reflejen lo que se entiende por “calidad docente” y un proceso de reclamación si el evaluado cree que no refleja la realidad su evaluación.

      De esta forma, en caso de que me evalue un profesor del departamento al que “caigo” mal (o no tiene ni idea de lo que es innovación y docencia) y el resultado es negativo; en ese caso quien tendría que preocuparse es el que me evaluó mal (intencionadamente o por desconocimiento).

      Lo que creo que deberíamos centrarnos es en la definición de los indicacores y lo que creemos que debe reflejar; por ejemplo un “blog” es un indicador; y en caso de que lo sea ¿qué características tiene que tener el blog?

      Pues nada a ver donde definen los indicadores para dar la vara

      Salu2

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  6. Hola, me encantaría que nos comentaras cuáles son las tablas que mencionas al final del apartado de medición. He leído un montón de documentación sobre experiencias relacionadas con el crédito europeo pero no he encontrado algo claro e inequívoco, fácil de aplicar y ampliamente consensuado, para pasar del modelo antiguo de medición de carga de trabajo, al nuevo, basado en la carga real de trabajo del alumno.
    Por lo demás me parece bastante acertada tu visión, parece que parte sin juzgar inicialmente basándose en prejuicios, como pienso que se está haciendo de forma generalizada, a todo esto del EEES.
    Gracias, un saludo.

    Araceli Sánchez

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  1. El fracaso no oficial de Bolonia. | Innovación Educativa

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