El miedo a perder algo vs intentarlo a ver que pasa

Fuente Flickrcc. Autor: Robbert van der Steeg

Fuente Flickrcc. Autor: Robbert van der Steeg

Imagínese que usted tiene una relación de amistad con una determinada persona, y que en un momento determinado se enamora de ella ¿le expresaría sus sentimientos?

Pues depende:

 Si tiene una buena y sincera amistad, si está a gusto con ella valoraría el factor riesgo, riesgo a perder la amistad. En este caso usted se está preocupando por su amistad y por la persona amiga.

 Sin embargo, si a esa persona la ve como un posible ligue (por si lee mi mujer este post, que conste que hablo sin ninguna experiencia en el tema), no dudaría un momento en expresar sus sentimientos, pensaría en el “premio” más que en la relación de amistad y en la propia persona.

 

Creo que esa situación es muy similar a la relación que tenemos el profesorado con la formación y con nuestros alumnos; si estamos enamorados de lo que hacemos nos preocuparemos por la formación (la amistad) y nuestro alumnado (la persona), antes de introducir un cambio (o una innovación, como llaman algunas personas a los cambios) evaluaríamos el factor riesgo, ya que si intentamos algo, sería para mejorar lo que tenemos; pero nunca se correría ese riesgo si remotamente pensamos que podríamos empeorar el propio proceso de formación o a nuestros propios alumnos.

 

Sin embargo, a tenor de lo que últimamente estoy viendo, parece que la formación es nuestro “ligue”, da igual qué cambios hacemos, pensamos más en nosotros que en el proceso de formación; no nos paramos a pensar en el riesgo, sencillamente lo intentamos: que sale bien, pues perfecto, que sale mal, pues ya lo intentaremos en otra ocasión (o con otra persona).

Yo estaba bastante enamorado del espíritu de Bolonia (Bolonia es una cosa y su espíritu otra) pero cuando dejas las cosas del alma y te metes en las del cuerpo te encuentras con la cruda realidad: si pero no, tal vez, quizás, a lo mejor, vuelva usted mañana,… no encuentro las palabras para definir esa esquizofrenia por la que actualmente estoy pasando.

 En algunas cosas Bolonia nos recomienda y en otras nos condena, por poner un ejemplo:

Antes de Bolonia estaba la convocatoria de Junio y la de Septiembre, nuestros alumnos tenían varios meses para preparar las asignaturas que habían suspendido. Ahora entre la primera y la segunda convocatoria puede haber tres semanas (en mi asignatura tengo cuatro semanas, mientras corriges y tienes la revisión de exámenes, quedan tres semanas desde que sacas las notas hasta que tienen el examen).

El examen de segunda convocatoria (según algunos de mis compañeros) es un examen final en toda regla, por tanto antes de Bolonia un alumno tenía tres meses para preparar la asignatura suspensa y ahora tiene tres semanas.

Como si se tratase de una horrible pesadilla, de una tenebrosa noche de Hallowen, o de un cocido sin chorizo, imagínese que a un alumno le han quedado cuatro asignaturas y además (por eso de imaginarnos lo más tenebroso) que las asignaturas las hayan impartido como antes del proceso de Bolonia. ¿Qué pasaría?

Pues que sin que hayan ocurrido cambios significativos en el proceso de formación (y evaluación) nos encontramos que antes tenía tres meses para intentar recuperar esas asignaturas, ahora tendrá tres semanas.

En este caso Bolonia nos recomienda paradigmas centrados en el alumno, evaluación continua, y por otro (con eso de tres semanas para recuperar) nos está condenando a realmente hacer un paradigma centrado en el alumno y una evaluación continua, ya que si no hacemos esto el pobre alumnado que suspenda tendrá “cruda” la recuperación.

Yo llevo varios años teniendo asignaturas en las que hay un breve espacio de tiempo (entre dos semanas y un mes) entre una convocatoria y otra, por tanto conozco como se tiene que orientar el proceso de formación y la evaluación para que realmente los alumnos tengan posibilidades de recuperar; sin embargo, lo que estoy viendo son asignaturas donde no hay un cambio significativo en los procesos de formación ni de evaluación; por tanto, veo con horror la situación por la que pasarán los alumnos de esas asignaturas.

 Lo bueno de todo esto es que ya comprendo la frase esa de “hay amores que matan” o por lo menos te vuelven un poco loco.



Categorías:Barreras Innovación, Educación

2 respuestas

  1. Profesor:
    Siempre es bueno leer sus post y cuando se trata de evaluación me prendo más rápido aún.
    Mi interrogante sobre el tema ¿hasta cuando la evaluación seguirá siendo la barrera final o porque no el obstáculo para llegar al éxito (aprobar asignaturas)?.
    Es posible dar su valor a la evaluación de proceso y no crear situaciones desmotivantes como el examen final, pues por mi experiencia puedo decir, que aprobar las asignaturas con 5 (nota máxima en mi país) o según la escala que se utilice, no garantiza el estudiante haya aprendido.

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    • Hola María Esther:

      Me alegro de que estés por el blog (y por el curso claro)

      Comparto tu reflexión, hace tiempo escribí un post sobre el tema pero ahora (tres años después de escribir ese post) creo que la respuesta a tu pregunta es:

      Cuando de una vez por todas, parte de nuestros colegas aprendan que hay más métodos de evaluación que el memorístico y sumativo.

      En mi universidad estamos con un plan nuevo (y nuevo métodos) pero al final la evaluación como siempre (o al menos es lo que más peso tiene)

      Gracias por participar en el blog.

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